-Reminiscencias.-
Cuando
Fugaku se retiro de su alcoba, Minato se quedó mirando la puerta, sentado sobre
la cama en la que había recostado a Itachi para que descansase.
–
Kurama. – Llamo el doncel un poco cohibido ante el silencio que se había
formado y el hombre lo miró. – Mi medallón.
– No
te preocupes, después iré por él y te lo devolveré. – Afirmó con parquedad.
–
¿Estas molesto conmigo?. – Preguntó al percatarse de la forma tan fría en la
que lo miraba y al recordar que no había tenido algún gesto amoroso de aquel
hombre. – ¿Es por qué grité y ahora te echarán de la posada?.
– No,
no estoy molesto contigo, Itachi, ni tampoco por tu comportamiento porque si
hubiese sido yo al que dijeran eso, te aseguro que actuaría peor que tú. –
Confesó para comenzar a quitarle los zapatos. – Tampoco podría culparte si me
sacaran de aquí, tú no tienes la culpa de nada de lo que ha pasado aunque yo sí,
por haber dejado que ocurriera esto cuando lo había intuido.
–
Entonces… ¿por qué te comportas de esa manera conmigo? ¿ocurrió algo la última
vez? ¿es por qué no le he agradado a ese hombre?. – Quiso saber Itachi el
cambio del comportamiento del hombre al que amaba que parecía estar incómodo a
su lado.
– ¿A
qué te refieres?. – Inquirió mientras le quitaba el pantalón y descubrir al
mismo tiempo que no llevaba ropa interior. – ¿Por qué no llevar ropa interior?.
Eres un doncel y no está bien que no uses.
– Solo
tengo una muda y la he tenido que lavar pero aún no se ha secado para poder
ponérmela. – Confesó con un sonrojo. – Yo… me refiero desde antes a que me
trajeras hasta aquí, te has comportado diferente es como si tú… no fueras tú.
No eres el tú que yo conozco. – Explicó con tono triste mientras desviaba la
mirada hacia un pequeño espejo que colgaba en la pared de su derecha.
– Lo
que ocurre es que estas un poco confundido debido a este mal rato que has
pasado y que, sinceramente, lamento. – Dijo terminando de quitar la única
prenda que quedaba en el cuerpo del doncel, la camisa. – No estás en un buen
estado desde que te llevé al río y debes de descansar, si continuas obligando a
tu cuerpo podrías empeorar. – Le intentó explicar pero Itachi no pareció estar
prestando la menor atención a sus palabras.
– ¿Por
qué no me besas?. No lo has hecho en ningún momento. – Farfulló mientras cogía
la mano del hombre junto a él para llevarla a su pecho.
– No
voy a besarte, Itachi. – Le anunció retirando su mano de aquella piel pálida.
– ¿Por
qué?. Tú…
– Ya
no digas más y reposa, ni siquiera estar en condiciones de pedirme que te
toque. – Acotó mientras lo tapaba con la manta que Itachi se ocupó de quitarla
de su cuerpo. – Deja de comportarte como un niño y duerme.
– No,
no lo haré. No lo haré hasta que dejes esa actitud. Yo quiero que me beses, que
me toques y no importa si mi cuerpo no está en condiciones porque eso no tiene
importancia en comparación a lo que siento a tú lado. ¿Es qué tú no te sientes
igual de bien junto a mí?. – Aulló antes de tirar repentinamente de la camisa
de Kurama para poder acercarlo a él y comenzar a besarlo con desesperación al
mismo tiempo que enredaba sus brazos en el cuello de Kurama para impedir que
pudiese romper aquel contacto.
Minato
intentaba desenredar los brazos que envolvían su cuello para poder cortar el
beso, Itachi abrazaba con más fuerza el cuello de su amado para que pudiera
sentirlo, para que pudiera experimentar las múltiples sensaciones que quería
trasmitirle en aquella unión.
Cuando
por fin Minato consiguió liberarse de los brazos que lo apresaban, no solo
cortó el beso sino que tenía un problema entre las piernas.
– ¿Por
qué has hecho eso?.
– Solo
quiero que te des cuenta que te amo. – Confesó Itachi lastimeramente provocando
que su compañero se excitase ante sus palabras y se maldijese internamente por
la reacción que había tenido en su anatomía.
– ¿Crees
que me percato de ello?. – Preguntó para
girar bruscamente al doncel que se quejó ante el repentino movimiento. – Pensaba
que todo ya había quedado claro en el río. – Le murmuró mientras volvía a
cubrir a Itachi con la manta. – Ahora descansa o tu cuerpo no se repondrá. –
Terminó de decir con grosería para levantarse rápidamente y salir del cuarto
con dirección a la calle donde sabía que una de las damiselas o damiseles* que
paseaban a esas horas le ayudarían a resolver el problema que le había causado
Itachi.
Cuando
Minato resolvió su problemilla, volvió a adentrarse a la posada para ir al
cuarto de Fugaku y hablar con él.
Minato
se acercó a la puerta y después de cerciorarse que no había nadie mirándolo,
tocó la puerta que rápidamente fue abierta por su amigo. Como hacía desde que
estaba en La Hoja, Fugaku dejó pasar a Minato para cerrar la puerta después.
–
Bien, ¿y ahora qué propones hacer con el doncel?. – Preguntó Minato a su amigo
con enfado. – Te has comportado como un energúmeno, Fugaku, y si no llego a
intervenir, presiento que hubieras cometido alguna insensatez.
Sin
embargo, Fugaku se había dedicado a sacar el colgante de su bolsillo para
abrirlo nuevamente y mirar el grabado, tal y como estaba haciendo antes de que
su camarada apareciera aporreando la puerta, sin prestar atención a lo que
decía su compañero. Pues su mente estaba en el pasado recordando parte de este.
Ya había oscurecido de camino a sus tierras
y faltaba poco para poder disfrutar del calor y tranquilidad que brindaba su
morada cuando un sonido rompió la calma que acompañaba el camino.
Fugaku corrió la cortinilla de su carruaje
pero no logró ver nada más que las sombras que formaba el campo, las colinas y
las rocas. Por lo que al no haber motivos que pudiese tomar como sospechoso,
volvió a dirigir su vista al interior de carruaje y ver a aquel muchacho que se
había convertido desde hacía poco en uno de sus sirvientes, Shisui.
Fugaku sonrió, el mancebo no contaba con más
de doce años y yacía dormido como un lirón mecido por el movimiento del
carruaje. Se levantó y recostó con cuidado al joven sobre el estrecho asiento
del vehículo intentando no despertarlo para retomar su asiento. Después de todo,
habían estado haciendo varias diligencias en la ciudad y recogido una joya que
pensaba regalar a su amada en su próximo encuentro.
Sin esperarlo, el carruaje dio una sacudida
que consiguió despertar a Shisui, al tirarlo al suelo. En cambio, Fugaku podía
presumir de sus buenos reflejos y antes de terminar como el joven, en el suelo
su carruaje, había conseguido sujetarse en su asiento para no caer.
– ¿Qué habrá sido eso?. – Preguntó en un
murmullo Fugaku.
– No se preocupe, mi señor. Yo, su fiel
servidor, preguntaré al cochero para saber que ha provocado este desagradable
inconveniente. – Se apresuró a decir antes de sacar su cabeza sin ningún
cuidado por la ventanilla pero el pobre e ingenuo mozo no sabía que ese acto le
iba a costar muy caro.
Fugaku observó con horror, como sin llegar a
pronunciar alguna palabra, el cuerpo sin cabeza de Shisui cayó sobre el suelo
de su carruaje.
Cuando Fugaku comenzó a asimilar lo que sus
ojos veían con espanto, empezó a escuchar como el carruaje era golpeado desde
el exterior pero no fue hasta que una flecha de fuego entró por la pequeña
ventanilla del vehículo para clavarse en el asiento en el que había estado
durmiendo Shisui, creando el incendio del vehículo.
Sin importarle lo que podría ocurrir, abrió
la puerta del carruaje y saltó al exterior donde un grupo de muchachos armados
con espadas, arcos y ballestas se abalanzaron hacia él pero Fugaku contaba esa
noche con que la suerte jugara de su lado.
La inexperiencia de esos mozos era
previsible, sus movimientos torpes, el mal uso que tenían al manipular sus
armas y el que inevitablemente acababan hiriendo a sus propios camaradas,
provocó que terminarán peleándose entre ellos y olvidándose de Fugaku, por lo
que no le fue difícil el escapar de la contienda, librándose de tener que combatir
y derramar la sangre de aquellos infelices con su florete*.
Sin embargo, Fugaku no contó con que uno de
los mozos lo siguiera cargando una espada de hoja fina y mucho menos, esperó
que le diera alcance donde comenzó a ser atacado por el joven, que a diferencia
de sus camaradas, sabía moverse con rapidez, casi como si danzase, mientras
intentaba herirlo. A pesar de ello, Fugaku contaba con la experiencia de haber
combatido en una de las guerras y consiguió desarmar al muchacho y dejarlo
acorralado entre el filo de su espada y la gruesa pared que formaba una gran
roca.
– Acaba de una vez. – Pidió el muchacho.
– ¿Quién os ha mandado?. – Preguntó
apuntando la punta de su espada en el cuello del mozo.
– Nadie, ¿es qué tengo cara de mercenario?.
– Tú y tus amiguitos tenéis cara de que
alguien os a dado esas espada a cambio de mi vida. – Aseguró Fugaku para tocar
la piel del mozo con el frío metal. – ¿Quién ha sido?.
– Y si así fuese ¿qué obtengo yo a cambio
por decir un nombre? ¿me matarás?.
– No agotes mi paciencia, muchacho y habla
de una vez. – Ordenó pero solo recibió como respuesta un escupitajo que manchó
su cara ropa.
Maldiciendo aquel deplorable acto pero a la
vez admirando su fidelidad y bravura por no revelar el nombre de la persona que
los había engañado poniéndole en sus manos una espada, Fugaku retiró su espada
del cuello del mozo para golpearlo con fuerza.
Fugaku, tenía la respiración agitada y miró
al muchacho al que había golpeado y ahora, estaba tumbado sobre la húmeda
hierba. Escupió hacia un lado para luego coger al joven y llevarlo cargando
hasta su casa donde ordenó a una de sus sirvientas que se hiciera cargo de
atenderlo mientras el mandaba un comunicado al castillo del monarca del Reino
del Fuego para informarle de lo ocurrido.
Fugaku
volvió a la realidad para escuchar como terminaba de regañarlo aquel hombre que
conoció cuando aún era un muchacho de quince años y sin importarle quien fuera
lo había llevado a su casa después de propinarle una paliza, de la cual se
recuperó rápidamente pero tardó dos meses en ganarse su confianza y le confesara
su nombre junto al nombre de la persona que lo había comprado con armas a él y
sus amigos.
–
Deberíamos irnos hoy mismo de esta posada y nos llevaremos a ese doncel con
nosotros. – Pensó por un instante lo que iba a decir para justificar el que
tuviesen que llevarse al doncel. – Sería una mala idea dejarlo solo por ahí.
Podría describir nuestros físicos con facilidad y contar lo que ha pasado. No
estamos en esta ciudad para llamar la atención. – Suspiró para volver a mirar
el medallón. – ¿Podrías encargarte de encontrar un buen lugar en el que pasemos
inadvertidos?.
Minato
se encaminó hacia la puerta con el entrecejo fruncido por la actitud de su
amigo y abandonó la habitación con un gruñido.
Fugaku
sonrió mirando aquella puerta al recordar cómo habían conseguido escapar de la
ciudad y la horca.
El chillido de las ratas que correteaban por
los calabozos de la guardia de la ciudad de La Hoja era roto con el
interminable goteo del agua sucia que entraba de la calle, los gritos de los
criminales siendo torturados, los llantos de los infelices que habían sido
pillando con las manos en la masa, los ronquidos de aquellos que conseguían
dormir plácidamente y las risas de los guardas era lo único que Fugaku podía
escuchar en el interior de su celda maloliente.
Uno de los guardas gritó una blasfemia antes
de reír estruendosamente junto a su compañero con el que estaba jugando a las
cartas y apostando su sueldo mientras que cerca de la celda de Fugaku se
acercaba un sacerdote que se persigno, al mismo tiempo, que se detenía frente a
la mazmorra en que estaba encarcelado Fugaku.
– No es necesario que se quede aquí, padre.
– Pidió Fugaku sin siquiera mirar al sacerdote solo tenía su mirada fija en la
estrecha rendija por la que entraba la luz del día.
– No diga eso, hijo, que a todos nos hace
bien escuchar las palabras de Dios. – Murmuró el sacerdote con un tono
picaresco e inusual en los eclesiásticos.
Fugaku se volvió rápidamente hacia el
sacerdote y en su rostro se reflejaba la incredulidad antes de apresurarse a
aproximarse al clérigo que permanecía quieto y sonriente detrás de las rejas de
la celda.
– ¿¡Tu…!? ¿Pero qué haces así vestido?¿y qué
ha pasado con el verdadero sacerdote?¿cómo es que nadie se ha dado cuenta?. –
Acribilló a preguntas mostrándose asombrado.
– Sí, soy yo pero no hables tan alto o todos
se darán cuenta que soy un impostor. Digamos que el padre ha disfrutado de un
buen vino en la taberna cerca a su iglesia y ahora se encuentra reposando. –
Reveló antes de mirar a todos lados para percatarse de que nadie le estaba
observando. – Solo he venido para decirte que voy a sacarte de aquí.
– No digas disparates, eso es imposible.
Bien sabes que el rey ha pedido mi cabeza porque cree que le he traicionado. –
Le recordó él por qué estaba ahí encerrado.
– Yo sé que eso no es cierto. – Aseguró con
convicción. – Y tengo un plan para librarte de la horca.
– ¿Cómo lo harás? pronto amanecerá y el
verdugo preparará la cuerda. No tienes tiempo suficiente para demostrar mi
inocencia o salvarme de mi destino.
– Ya lo verás, ahora tengo que irme.
– Espera Minato. – Dijo deteniendo a la otra
persona. – Le distes mi mensaje a ella.
– Sí. – Afirmó.
– ¿Y te creyó?.
– Me dijo que ya lo sabía. – Reveló antes de
agregar. – Tengo que irme.
Fugaku miró como aquel muchacho se marchaba
para, nuevamente, quedar en la soledad de aquel calabozo esperando lo que
consideraba inevitable y como aguardaba, la hora llegó. Uno de los guardias
comenzó a sacar a los criminales que ese día iban a ser ejecutado y llevarlos
hasta una larga cadena con grilletes donde una a una aquellas personas fueron
haciendo una hilera, en la cual, también estaba Fugaku.
Otro de los guardias dio la orden y la
hilera de personas comenzó a salir fuera del edificio donde la luz tenue de la
mañana dañó la visión de todos aquellos individuos que llevaban días en las
sombras de la prisión.
Fugaku miró el carromato en forma de jaula
en el que iba a subir y no pudo evitar formar una sonrisa triste por haber
creído por un instante las palabras de Minato, en el fondo de su corazón quería
creerlo aunque fuera consciente de que nadie podría salvarlo de su designación.
El carromato partió y a medio camino, para
llegar a la plaza donde se llevaría a cabo las ejecuciones, apareció la figura
de un hombre con sombrero de plumas inmóvil en medio de la calle por la que el carromato
lleno de criminales debía pasar.
Los guardas que iban escoltando el carromato
se acercaron al individuó sin percatarse de un hombre que se acercó al
carromato tan rápido como un rayo y golpeó al conductor con tanta fuerza que se
desmayó para quitarle las llaves de la puerta enrejada del carromato y
acercarse a Fugaku, quien fue liberado de sus grilletes y ambos escapar hasta un callejón donde un caballo esperaba a
su jinete y la facilidad con la que se había obrado aquella simple ocurrencia
parecía irreal por no haber sido advertido por ninguno de los guardas.
– Monta rápido y sal de la ciudad por el
este, es donde menos guardias hay y podrás huir con más facilidad. – Indicó
dándole una capa con capucha para que nadie pudiese reconocerlo con facilidad y
que se puso al instante para subir al corcel.
– ¿Qué vas a hacer?. Si te ven aquí sabrán
que fuiste quien me ayudó a escapar y te ahorcaran después de torturarte.
– No te preocupes por mí, se cuidarme y debo
devolver esto antes de marcharme. – Respondió con una sonrisa mientras le
mostraba la argolla llena de llaves que le había arrebatado al conductor del
carromato.
Fugaku asintió con la cabeza antes de
golpear con sus talones al caballo que salió al galope con dirección al este.
Fugaku estaba llegando al pueblo de La Cesta
cuando escuchó como un jinete venía galopando rápidamente en su caballo y
pronto se dio cuenta que se trataba de Minato que detuvo a su jamelgo cuando
llegó a donde estaba él.
– Me alegra verte. – Afirmó Fugaku.
– Debemos apresurarnos en salir de este
reino porque el rey cuando se percató de tu ausencia encolerizó. – Le informó
al mismo tiempo que ordenaba a su caballo a que volviese a caminar pero en esta
ocasión más lento.
Fugaku asintió con la cabeza y siguió al
mozo después de indicarle a su corcel que se moviera.
Fugaku
había quedado a solas en aquel cuarto y apartó sus ojos de la puerta por donde
Minato había salido para encaminarse hacia la mecedora en la que tomó asiento y
volvió a clavar sus orbes en el grabado del interior del medallón en la que la
única mujer recreada en el metal era quien más captaba su atención.
–
Mikoto… – Susurró a la nada para cerrar los ojos y recordar la última vez que
la vio.
Había tenido que salir corriendo de su
propia casa como si de un delincuente se tratara cuando se enteró de lo
dictaminado por el rey y del grupo de soldados reales que iban en su busca para
apresarlo. Su querido rey, al que había jurado lealtad desde el momento en que
se convirtió en el nuevo Varón de la Llama después del fallecimiento de su
amado padre, lo había acusado de desleal, de traidor, difamador y haber robado
el dinero recaudado de los impuestos; acusaciones falsas que el monarca había
acogido como verdaderas.
Todos sus empleados habían aprovechado su
huida para robarle sus riquezas y sus conocidos le habían dado la espalda en
esos momentos tan angustiosos, dejándolo solo con su sufrimiento sin que nadie
lo defendiese de tales acusaciones siendo aquel muchacho que había acogido en
su casa unos años antes la única amistad que le quedaba y ayudaba a que los
guardas no lo encontrasen junto a aquella mujer que debía ser su esposa pero
cuyo compromiso fue anulado cuando todas esas mentiras que manchaban su nombre
y prestigio se hicieron presente con el anuncio del rey.
Ahora, Fugaku era un criminal buscado por la
guardia para ser ejecutado por orden del monarca del Reino del Fuego, sin tener
derecho a un juicio o el poder explicarse para defenderse de esas calumnias. Un
hombre que había nacido en el seno de la nobleza del Fuego, ahora obligado a
vivir escondido entre ladrones y mendigos para no morir.
Ese día, había pedido a la única persona de
confianza que continuaba a su lado, el enviarle un mensaje a la mujer que amaba
con toda su alma y era por eso, que se
dirigía hacia un bosquecillo propiedad del Márquez de Sharingan para
encontrarse con Mikoto y despedirse de ella, pretendía partir a uno de los
reinos vecinos y llevarse a la hija del Márquez con él aunque eso no pudo
suceder cuando fue apresado por la guardia de La Hoja al ser descubierto por un
mendigo en busca de unos genins.
Descendió la colina y se alternó en medio de
la oscuridad de aquel bosque esperando encontrar la luz del pequeño farolillo
que Mikoto solía portar cada vez que se veían a espaldas del Márquez y pronto
lo encontró. Allí, en mitad de aquella oscuridad vio la tenue luz del farol de
aceite y corrió hacia él para ver cómo cuanto más se acercaba a la lumbre le
era posible ver la figura de la dama que anhelaba encontrar.
Mikoto sujetaba el pequeño pero pesado
candil de aceite con su mano derecha mientras vestía su camisón blanco de
algodón con un chal bordado sobre sus hombros y su largo pelo suelto caía por
su espalda como un segundo mantón. Ella sonrió al ver como su amado aparecía en
medio de la oscuridad y corrió a sus brazos cuando Fugaku desmontó del caballo
para fundirse en un ardiente beso que sin dar paso a las palabras, hombre y
mujer se fundieron formando un solo cuerpo, como habían hecho en tantas otras ocasiones
en aquel mismo bosque, observador mudo de su pecaminoso amor.
Ninguno de los dos habló porque sus miradas
y sus cuerpos decían todo lo que sus bocas no pronunciaban hasta que el alba
apareció y Mikoto tuvo que volver a la seguridad del palacio de su padre, no
sin antes murmurarle un “Te esperaré” y fue entonces, cuando Fugaku quedó solo
y desnudo en medio de aquel bosque silencioso, se permitió llorar el dolor que
se había clavado en su pecho porque esa noche comprendió que esa mujer lo iba a
amar hasta la muerte y él la amaba con
la misma intensidad.
Cuando
Fugaku volvió a la realidad se percató de que estaba llorando y con furia cerró
el medallón y lo lanzó contra la pared por haberle hecho recordar tan amado y
doloroso recuerdo pero también, Fugaku comprendió que significaba aquel grabado
en ese medallón que un día el mismo mando a fabricar para regalárselo a su
amada, a Mikoto.
Fugaku
entendió el por qué esos jóvenes que abrazaba su amada por los hombros en el
cincelado del interior del medallón y eso le causó más dolor de lo que alguna
vez llegó a imaginar porque era padre de unos donceles. Unos damiseles que eran
unos auténticos desconocidos para él y eso punzaba en la gran herida que había
en su alma.
Aclaración de los términos:
* Damiseles:
Esta palabra no existe (solo es válida damisela que si consta en los
diccionarios) pero la he puesto para referirme a los donceles y no sobre
utilizar dicha palabra.
*
Florete: Espada fina con recubrimiento para la mano y hoja en forma de aguja.
Es conocida por ser la espada de la esgrima aunque esta cuenta con la punta
cubierta y no causar daños al adversario. También es la espada que la guardia
francesa utilizaba (más conocido como mosqueteros).
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