-Impulso.-
Jin caminaba por el estrecho pasillo de
la posada en la que estaba alojado con dirección a la alcoba que ocupaba su
amigo.
Cada paso que daba el viajero sobre el
suelo de madera era firme y largo, provocando que crujiese débilmente el suelo
como si fuese un lamento causado por un animal pero el maduro hombre no parecía
importarle en demasía, ya que a cada paso que daba afinaba sus sentidos como
esperando a que ocurriese algo inevitable pero, que desde luego, no iba a
ocurrir nada más en aquel pasillo solitario por el que caminaba a zancadas.
Cuando por fin Jin llegó a la puerta de
la habitación de su compañero, miró a ambos lados del pasillo para cerciorarse
de que no había nadie inesperado observando lo que se disponía a hacer, ya que
podría causar malos entendidos su comportamiento y ser descubierto sin haber
obtenido lo que quería.
Una vez el hombre de gran barba se
percató de que se encontraba solo en el pasillo de paredes de madera adornadas
únicamente con los parches causados por algún destrozo, se acuclillo para pasar
bajo la rendija de la vieja puerta una pequeña nota de papel de color amarillo
porque Jin sabía que Kurama no se encontraría en el cuarto a esas horas.
Conocía lo suficiente a su amigo como para suponer que estaría usando su
galantería para conquistar algún corazón débil e ingenuo con sus palabras y si
quería reunirse con él debía de dejar esa nota en el suelo de la entrada a su
cuarto para que, contra todo pronóstico, la forma en que podía ponerlo en aviso
de que quería hablarle.
Con una velocidad, -casi impensable que
pudiese tener,- aquel hombre, se volvió a levantar quedando tan derecho como le
era posible y encuadró los hombros cuando escuchó como alguien se acercaba pero
del cual, no tenía intenciones de identificar, ya que se encaminó hasta la
puerta de su alcoba lo más rápido que pudo.
Jin sacó la llave de hierro que
guardaba en uno de los bolsillos ocultos de su capa una vez estuvo frente a la
puerta su cuarto y abrió la vieja puerta para adentrarse en la habitación,
cerrando velozmente la puerta a su espalda pero sin llegar a dar un portazo,
quedando el molesto sonido en el aire como único indició del movimiento de la
añeja puerta y de que Jin había vuelto a entrar a la alcoba que había alquilado
en esa posada.
Una vez en el interior de la
habitación, Jin suspiró con cansancio, mientras se quitaba la capa que tenía
puesta y la dejaba sobre la cama para, acto seguido, caminar hacia el baño
donde una bañera llena de agua caliente lo esperaba.
Las ropas del hombre fueron retiradas
dejando a la vista el cuerpo que el sol había bronceado durante años, tiñendo
la blanca piel en marrón, un cuerpo que se mostraba tal y como se imaginaba un
físico perteneciente a un varón. A pesar de la edad que podía aparentar y
poseer, Jin tenía un cuerpo atlético, duro y fuerte que indicaba que había sido
moldeado a causa de ejercer duros trabajos, de haber tenido que soportar cargas
lo suficientemente pesadas para que los músculos se expandiese más de lo que
había sido su tamaño original. Un cuerpo que indicaba años de haber soportado
un estricto ejercicio físico que logró curtir su anatomía.
La ancha espalda de Jin estaba llena de
cicatrices, grandes y espeluznantes cicatrices, que testificaba que habían sido
hechas en el pasado y habían quedado grabada en la piel como una marca
permanente para que las vieras cada vez que se mirase la espalda para que las
yemas de sus dedos las percibieran al más mínimo tacto superficial como una
señal tortuosa de aquello que tuvo que vivir.
En el torso, Jin tenía en el centro de
su busto un tatuaje que representaba un olvidado escudo familiar y bajo este un
nombre de mujer, al lado de este tatuaje había un sencillo número de dos
cifras, justo estaba grabado sobre su corazón, pero que estaba sellado en su
piel como una quemadura igual al cómo se señala al ganado, utilizando un hierro
candente sobre la piel. Ambas marcas simbolizaban algo importante para el
viajero, perteneciente a su vida e historia, algo que hacía que cada vez que
sus ojos mirasen aquellas señales en su cuerpo lo hiciera suspirar y sus ojos
bailaran tambaleante dentro de sus cuencas oculares al mismo tiempo que se
humedecían.
El hombre tomo el jabón y se introdujo
en la bañera donde dejó relajar su cuerpo y su mente, quedando su cabeza en
blanco sin pensar en nada ni en nadie, solo dejando que sus sentidos fuesen los
únicos que se llenasen con la agradable sensación que le proporcionaba la
calidez del líquido y el murmullo laxante del agua al moverse junto a su cuerpo
en la vieja bañera de hierro.
Sin embargo, antes de lo previsto, Jin
se vio obligado a salir del baño y vestirse tan rápido como pudo, olvidando
ponerse su ropa interior para poder abrir la puerta y encontrarse con la cara
de su amigo.
Sin decir una palabra dejó que Kurama
entrase en la habitación para cerrar la puerta una vez, entró su camarada.
– ¿Te he sacado del baño?. – Preguntó
lo obvio al ver como la barba y el pelo de Jin goteaban agua y empapaba la
camisa de terciopelo negra que llevaba puesta.
– No es algo que sea de mucha
importancia pero dime ¿has podido hacer lo qué te pedí?. – Preguntó en voz baja
como si temiese que alguien pudiera escucharlo.
– Sí, fue más sencillo de lo que
esperaba. – Contestó mientras rebuscaba en su bolsillo un papel y unas puntas
de flechas. – Es increíble que haya encontrado algo más de tu interés. –
Murmuró mientras dejaba el papel y la punta de la flecha sobre la mesa de
noche.
– ¿De qué se trata?.
– He estado enlazando lo ocurrido hace
dieciocho años y lo que sucedió con este supuesto accidente. – Kurama se llevó
una mano al mentón. – Extrañamente hay varios puntos blancos en ambas
historias, de los cuales, ambos somos consciente pero que por raro que parezca,
la poca información que hemos obtenido en todo este tiempo después de quitar los
cuentos e invenciones que exageran lo verdaderamente acontecido ese día, parece
que estarnos dando vueltas y vueltas.
– ¿Eso es lo que tenías que decir?.
– No. – Respondió para mirar a los ojos
de su amigo. – No juzgues tan apresuradamente lo que digo. – Kurama apoyó las
manos en los hombros de su compañero. – Ambos sabemos que en este asunto hay
algo más que un poco de polvo frente a nuestros ojos. Está claro que había un
asunto aún más importante para llevarse a cabo un acto tan mezquino y salir
impune haciendo que parezca un acontecimiento casual deparado por el destino ya
que no ha habido ningún testigo presencial que quedase vivo para que nos
revelara su vivencia de lo originado.
– No podemos apuntar con el dedo a
nadie por simple hipótesis sin tener pruebas concretas. – Declaró Jin
retrocediendo un paso al mismo tiempo que Kurama retiraba sus manos de sus
hombros. – Y antes de venir hasta aquí, sabíamos sobre la inexistencia de
supervivientes.
– Cierto. No podemos afirmar nada aún y
distinguíamos que tampoco había personas que pudiera revelarnos de primera mano
lo que queríamos saber pero ahora, no contamos con la ingenuidad e
inexperiencia de la juventud. – Sonrió con malicia. – Tampoco, contamos con una
fuente de información fiable pero todo apunta que esa noche no fue un accidente
lo que ocasionó tal desgracia después de todo, tú mismo encontraste esa punta
de flecha que no corresponde con la de la guardia personal que tenían, dando
todo los indicios de que fue un encargo. Un encargo que debió ser hecho por una
persona lo suficientemente poderosa e inteligente para hacer una matanza y no
dejar rastro. – Cerró un poco los parpados para mostrar una mirada más intensa
a su amigo. – Una persona que fue capaz de mancillar el buen nombre del Varón
de la Llama y que el rey creyera
sus mentiras para despojara a esa familia de su título nobiliario sino,
también, que ese alguien fuese capaz de querer ejecutar hace dieciocho años al
destituido Varón sin darle una oportunidad de defenderse de los cargos
imputados.
– ¿Insinúas qué se trata de la misma
persona? ¿Esa suposición podría ser muy arriesgada por tu parte?.
– No lo estoy insinuando sino que lo
afirmo. Por alguna razón, las circunstancias se hayan dado de diferente manera
pero el sistema de actuar es el mismo. Es... es un cobarde que se oculta sin
mostrar sus manos manchadas ocultándolas con guantes. La persona que en un
principió pensé que había sido el responsable resulta que ahora se trata de una
víctima pero no dejo de darle vueltas de que dentro del circulo de las personas
que trataba la víctima, ahí está el asesino y sin lugar a dudas, tiene que ser alguien
acaudalado o con un rango distintivo en la sociedad para pasar desapercibido.
– Pero nos llevaría años el poder saber
todo acerca de la gente con la que trataba y, por supuesto, si no contamos a
esas personas con las que negociaba sus ocupaciones perteneciente a los otros
reinos. – Dijo Jin rascándose la barba dándole un aspecto de sabiduría. –
Aunque ya hayamos obtenido gran parte de la información de los vínculos que
tenía.
– ¡Vaya! Parece que tú también estas
estimando lo mismo que yo. – Afirmó Kurama poniendo sus manos a la cintura. –
Ese criminal vive en La Hoja y es alguien de gran reputación, tanta como para
poder convencer al rey de sus palabras y aún cuando una familia perteneciente a
la nobleza del Fuego haya perecido, no se molestase en buscar un culpable aunque
aún hoy día, se pueda encontrar rastros que aseguran que no fue una casualidad
del destino lo sucedido.
– En eso te doy la razón, seguramente
con lo ocurrido hace dieciocho años el rey debió propiciarle algún privilegio
para que ahora tenga tanta confianza en sí mismo. Sobre todo porque hace
dieciocho años la mayoría de la nobleza fue azotada con dureza a causa de una
revuelta pero... – Jin se interrumpió a sí mismo mostrándose sorprendido ante
sus propias indagaciones. – ¡Oh! ¡Sí, claro! Nunca había pensado en esa
posibilidad pero está claro que no puede haber lugar a dudas, ese miserable va
a pagar todos sus malos actos con su sangre. – Gruñó furioso mientras golpeaba
su puño sobre la palma de su otra mano. – Nunca había pensado en él pero, sin
duda, tiene que ser ese hombre, tiene que ser el Duque de Cerezos, es el único
que en estos dieciocho año ha sido recompensado por el rey sin ser anunciada
una justificación que apoye esas bonificaciones pero, entonces... ¿por qué? ¿¡Por
qué tuvo que cometer esa atrocidad!? ¿¡Qué es lo que lo impulsa a cometer esos
atroces actos contra sus propias amistades!? ¿¡Contra sus propia sangre!?.
– No te exalte, amigo, o podríamos
correr un gran riesgo si alguien escucha tus gritos por casualidad, podríamos
ser acusado y pondríamos nuestras identidades a la luz del rey. – Le recordó
Kurama llevándose una mano al cuello para frotarse la nuca. – Tenemos que tener
paciencia si queremos descubrir si él es el culpable real aunque todo nuestro
razonamiento nos indique que se trate del Duque de Cerezos.
– Nunca imaginé que tú esclarecieras mi
mente, fue muy acertado por tu parte al regresar conmigo a esta ciudad porque
creo, que mi cabeza a estado demasiado perturbada desde el momento en que vi
como la tierra se había adueñado de lo que quedaba del lugar.
– No iba a dejarte solo en esto,
después de todo, hace dieciocho años te dije que si volvías a esta ciudad yo vendría
contigo.
– De todas las personas que me juraron
lealtad en alguna ocasión, tú has sido el único que ha cumplido tu palabra a
pesar de la forma en que nos conocimos. Todos estos años me has ayudado a no
caer en mi propia vorágine de dolor y no sé cómo pagarte toda esa gratitud.
– Deja de preocuparte por eso, dejemos
los acontecimientos del pasado para cuando podamos sentirnos satisfecho de
nuestros actos y bajemos a la taberna a beber vino, debemos de brindar por
nuestro descubrimiento y primer indicio en días. Además, la comida esta
deliciosa, el juglar es bueno y las mujeres y donceles que se arriesgan a
entrar son como flores hermosas y tiernas que crecen en plena primavera para
ser admiradas.
Jin sonrió y con un asentimiento de
cabeza, ambos abandonaron la habitación y se dirigiron a la taberna contigua a
la posada con intenciones de disfrutar del ambiente jovial que gozaba el
establecimiento a esas horas de la tarde.
Al llegar, pudieron percatarse como la música
del afinado instrumento acompañara de la prodigiosa voz del juglar inundaba la
taberna, animando a que mucha de las personas allí siguieran la canción con tarareos
o dando palmas al compás de la alegre melodía.
Kurama sonrió a una mesa en la que dos jóvenes
comenzaban a florecer para convertirse pronto en jóvenes casaderas antes de ir
junto a su compañero hasta una de las mesas que estaba en el centro de la sala
y la cual, era la única que estaba libre y por la que todos lados estaban
rodeados de otras mesas.
Los dos hombres tuvieron que esperar un
poco en ser atendido sus pedidos mientras escuchaban a las personas que
ocupaban las mesas a su alrededor cantando o comentando las diversas opiniones
que tenían acerca de lo detalles del desfile real que se había llevado a cabo
esa mañana en la ciudad. Cuando alguien por fin se acercó a la mesa para
traerle su pedido, ambos hombre sonrieron al darse cuenta que se trataba de un
doncel de larga cabellera dorada.
Jin y Kurama comieron y bebieron hasta
embriagarse con el vino para terminar cantando junto al resto de clientes las
canciones del juglar pero toda aquella efímera felicidad se vio opacada cuando
el juglar dejó de tocar y cantar para hacer una reverencia y marcharse de la
sala, después de realizar un sencilla floritura. Entonces, el dueño de la
taberna anunció del cierre del establecimiento pero antes de marcharse, Jin y
Kurama pidieron una botella más de vino.
– ¿Qué-e... miras?. – Le preguntó Jin a
Kurama pero este se encogió de hombros.
– Me voy-y... que-e acabo de ver–r
quién va-a a cobijarme esta-a noche-e. – Respondió antes de caminar hasta unas
mozas que reían cómplices. – A-Además que no puedo faltar-r a una cita en la
mañana-a. – Anunció a medio camino de las mujeres.
Jin, que se había quedado con la
botella de vino, le dio un trago al popular líquido y se quedó mirando las
pocas estrellas que las nubes dejaban ver en el cielo. El hombre estaba inmerso
en sus pensamientos para cuando se percató de que estaba solo, comenzó a
caminar hacia la puerta de la posada pero en su caminar torpe se percató de
como del callejón salía aquel doncel rubio que los había atendido y con el afán
de saludarlo personalmente se encaminó hacia él.
Sin embargo, cuando Jin quiso darse
cuenta estaba siguiendo al doncel y este parecía no haberse dado cuenta de su presencia,
por lo que acabó descubriendo donde vivía.
Ante el hecho en que tardó a causa de
su embriagues el descubrir como había seguido a al doncel inconscientemente,
Jin miró a su alrededor, intentando ubicarse en el lugar de la ciudad en que se
encontraba para luego, dar otro trago de la botella. Cuando Jin volvió sus ojos
hacia la casa el doncel, no estaba en la puerta pero esta estaba abierta y
movido por la curiosidad latente en la poca lucidez que su cerebro portaba, Jin
se adentró a la casa para sentir como a su espalda la puerta se cerró de un
solo portazo y cuando el viajero se giró, se encontró con el rubio que había
seguido.
– ¿Por qué me sigues?. – Preguntó
levantado su cabeza lo más que le era posible para mostrar que no lo temía.
– Lo-o siento, yo-o quería saludarlo y-y
decirte lo bueno-o y amable-e que ha sido al atender-r a mi amigo y a mí en- la taberna-a.
– Eso es parte del trabajo y no explica
el por qué usted me ha perseguido hasta aquí.
– Lo siento-o, no fue mi-i intención
seguirlo-o e incomodarlo-o. – Hipeó antes de mirar la botella en su mano. –
Será mejor que-e me vaya-a ya, es muy tarde y usted-ed querrá descansar.
Jin miró al doncel en espera de que se
apartara pero, siendo algo inesperado para ambos, sus ojos se estrellaron y sus
miradas se fundieron en una, antes de que Jin supiese lo que estaba ocurriendo,
la tensión que se había creado en aquel momento a causa de la incomodidad,
había despertado sus instintos más profundos. La tensión se convirtió en
atracción pura dando lugar al hombre impulsivo que dejaba su razonamiento
anulado para liberar sus estímulos, dejando que estos tomasen el control de su
cuerpo y dejándose llevar por ellos, su boca besó con ansiedad la contraria.
El doncel había quedado inmovilizado
por unos segundos ante el repentino acto pero que al final, terminó también,
formando parte de ese beso cuando correspondió a Jin con el mismo fervor y sin
esperar a recobrar la lucidez que caracterizaba a Jin, la pasión dormida que
había en el interior del hombre se desató como una tormenta y la botella de
vino cayó al suelo sin llegar a romperse, derramando todo su contenido para
dejar que Jin abriera con sus manos callosas la camisa del doncel de un fuerte
tirón, destrozando la prenda para dejar aquel lechoso torso expuesto.
Los labios del hombre abandonaron la
calidez que proporcionaba la lengua, aliento y los carnosos labios del doncel y
se preocuparon de lamer aquella piel blanca y tersa haciendo que el desconocido
gimiese ante las sensaciones que podía provocarle su lengua al rodar por su
pecho en pequeños lametones hasta encontrar uno de sus dos pezones o el
cosquilleo de la barba espesa que arañaba la piel del doncel.
Jin movía sus manos, acariciaba tanta
piel como le era posible hasta que se topó con el pantalón que no dudó en
retirar junto a la ropa interior mientras su boca saboreaba todo lo que le era
permitido hasta que sintió como una mano tiraba de su pelo, con la suficiente
fuerza para lograr separarlo de su pecho, y nuevamente, ser llevado a la boca
mientras unas manos le quitaban su camisa tan rápido como había aparecido
aquella explosión de fulgor pasional que lo quemaba.
No dejó de besar aquella boca, luchando
encarnizadamente con aquella lengua para incorporar en el beso, sus dedos que
se humedecieron de saliva casi al instante.
El doncel enredó con fuerza sus brazos
al cuello de Jin y dio un pequeño salto para envolver con sus piernas la
cintura del viajero y facilitarle la labor.
Los dedos bailaron en aquella zona pero
la impaciencia de su cuerpo no permitieron a Jin que tomara el tiempo necesario
para ensanchar el estrecho hueco y sin más, en un acto desesperado se hundió en
el doncel como la más afilada espada.
La necesidad de aliviar sus instintos,
acompañado de su ebriedad, no permitió a Jin ser consciente de sus actos y para
cuando llegó al máximo placer junto a aquel desconocido que estallado entre sus
barrigas, ya todo estaba hecho.
El viajero sintió como sus piernas
flaquerón y su cuerpo cayó al suelo con la respiración agitada al igual que el
doncel.
– Soy Deidara... – Susurró el doncel
esparciendo su cálido aliento en la oreja de su amante.
– Jin... – Se limitó a decir mientras
se estremecía y sentía como todo aquel fuego volvía resurgir en su interior
para tomar nuevamente al doncel hasta quedar exhausto.
Cuando Jin despertó se descubrió que un
agudo dolor presionaba su cabeza, al mismo tiempo, que ráfagas de lo acontecido
la noche anterior le indicaba donde era que se encontraba.
Sin esperar a que Deidara despertase,
se vistió y abandonó el lugar, en el más absoluto silencio, para dirigirse a la
posada donde le pidió, nada más llegar, al posadero el que le subiese agua
caliente para tomar un baño mientras que su conciencia no dejaba de gritarle
que había hecho una insensatez, que había actuado como un mozo incoherente que
solo se dejaba llevar por sus instintos sin saber controlarse porque debido a
eso, podría causarle problemas en su estancia en La Hoja y no poder concluir lo
que lo había traído a la ciudad.
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